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¡A comeeeeer!

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Por más urbana que llegue a ser nuestra vida, siempre ocuparemos de la agricultura.

Desde los abuelos de los abuelos y antes, nuestro sustento era la agricultura, en la actualidad, con todo lo que las ciudades han crecido y con todo lo urbanos que nos hemos vuelto, el campo sigue siendo la alternativa del sustento diario.

El tema es sencillo, día a día las ciudades se alimentan, pero no todas las ciudades producen esos alimentos, Quito, por ejemplo, importa más del 90% de los alimentos que consume, es decir que ese pequeño porcentaje restante se produce en la capital.

Pero ¿quiénes producen esos alimentos?, ¿el supermercado gigante del centro comercial?, ¿la señora que vende en el barrio?, pues no, ni el supermercadote ni la seño de la esquina, lo producen decenas de miles de campesinas y campesinos que están en sus comunidades. Si, la plena, están camellando mientras nosotros estamos encerrados cumpliendo una disposición sanitaria de aislamiento para salvaguardar nuestras vidas y las de miles de ecuatorianas y ecuatorianos que libramos batalla contra el COVID-19.

El papel de nuestros hermanos y hermanas del campo es fundamental a la hora de sobrellevar una crisis, seguro son uno de los sectores más atendidos y por todos admirados. Pues no, siempre el campesino y campesina, así como su trabajo han sido menospreciados, tratados despectivamente y hasta agredidos, no es extraño encontrarse en la ciudad a alguien que se refiere con frases como esa música agropecuaria, no seas campesino, indio bruto y demás epítetos usados como insulto para denigrar.

Y cuando nuestros hermanos y hermanas del campo salen a la ciudad a reclamar por su derecho a la educación, a la salud, al trabajo, porque existan hospitales en la zona rural, porque existan vías para sacar los productos, porque se respete el uso de semillas ancestrales, porque no nos impongan los transgénicos, porque el gobierno tenga una adecuada política agraria, les acabamos, no nos cansamos de putearles, que indios vagos vienen a paralizar nuestras ciudades y no nos dejan ir a los trabajos, a clases o al cine, al país se lo saca adelante trabajando decimos a viva voz en la ciudad, pero nos acordamos que la lucha de campesinos y campesinas es la lucha de todas y todos, porque ellos son nuestro sustento.

Pero ¿te has puesto a pensar en la posibilidad de sembrar en tu casa, aunque sea una matita de cilantro? ¿por qué no nos enseñaron eso en los colegios? Si bien a todos nos agarró esta vaina de la pandemia con la guardia abajo los que teníamos nuestra hierba buena al menos logramos hacernos una agüita.

Y no hacen falta grandes espacios, en el AyaUma por ejemplo la semana pasada cosechamos un atado de acelga, más de un kilo de hierba buena, más de un kilo de menta, como medio kilo de tomillo, romero, orégano, stevia, unas cuantas ramas de cedrón, 10 mandarinas, como 20 ajíes, cebollín y todo esto sembrado en macetas, en espacios muy reducidos.

Entonces ponte pilas, es hora de volver la vista al campo, primero comprar a los productores o a espacios de Comercio Justo, luego, ensuciarnos las manos con tierra, sentir su textura, sentir su aroma, aprender a cultivar cualquier cosita en cualquier recipiente, solo así garantizamos unos alimentos sanos en nuestras mesas y con alto valor sentimental.

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