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La misma huevada, pero con mascarilla

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Ministro belga enseñando a ponerse el tapa bocas… bien belga

Varios días que he debido salir por actividades laborales me han servido para darme cuenta de que nada ha cambiado.
A pesar de las incontables publicaciones que leía de que el coronavirus nos hará ver las cosas de otra manera, que la solidaridad aflora y demás afirmaciones clichés que se leían y escuchaban por ahí.

Las calles siguen llenas, con un tráfico terrible a pesar de que existe una restricción para la circulación, una medida que busca frenar o al menos desacelerar el contagio promoviendo que nos quedemos en casa, esta vaina no funciona ya que la facilidad de obtener un salvoconducto ha hecho a más de un desesperado por salir a ampararse de este beneficio y saturar las calles quiteñas.

Pero más allá de las medidas que los gobiernos han impuesto para reducir la tasa de contagio del covid, cada uno de nosotros debería protegerse, quedarse en casa, lavarse las manos, cuidar a su familia y demás medidas que por sentido común se podrían asumir.

Las calles no tienen nada nuevo les cuento, los mismos problemas de siempre, agentes de tránsito corruptos, agentes de control correteando a comerciantes, ventas por todo lado, mil limpia parabrisas por cada semáforo, los motociclistas pasándose por entre los carros sin importarles absolutamente nada y tumbando cualquier retrovisor mal parqueado, los taxistas siguen diciendo “para allá no voy” y que “el taxímetro se dañó”, seguro por el momento no lo pueden reparar porque el arreglador de taxímetros está en casa.

Ante la carencia de baños públicos seguimos orinando en cualquier recoveco por ahí (exactamente igual a cuando los pocos baños que hay están abiertos), la fauna urbana se ha hecho presente como es habitual, hay mirlos, palomas, tórtolas, quindes y hasta una que otra mariposa se ha visto volar, sin embargo el cambio de semáforo las ahuyentó nuevamente para que el mayor de los animales, el sapiens sapiens tome posesión de su asfalto y salga a repartir smog a diestra y siniestra.

El trabajo infantil, el desempleo, la desigualdad social, el trabajo sexual, la informalidad, la delincuencia, la falta de educación y espacios para la cultura siguen siendo el pan de cada día en esta ciudad semaforizada.

Los buseros, pobrecitos como siempre no les alcanza el billete y piden que en medio de esta crisis en la que los sueldos han bajado, los empleos se han perdido, los despidos han sido a montón, les suban el pasaje porque no les es rentable salir con la mitad del aforo.

Las ciclovías siguen siendo muestra de improvisación y los espacios predilectos para estacionar vehículos que van a descargar o dejar productos “un ratito no mas joven, no hay donde parquearse”.

Cachinerías, cantinas, rockolas, guanchaquerías y demás establecimientos en los que la distancia social no es una medida aplicada se cuentan por decenas en el sector de la 24 de Mayo, la Loja, la Ambato y San Roque, es como si por allá no hubiera virus, o como si las autoridades no quisieran controlar porque después de todo si las condiciones de vida que llevan quienes frecuentan estos sitios no los han matado, poco o nada les hará el virus.

“El virus es el capitalismo” vi en una pegatina de una bicicleta Specialized con componentes Shimano avaluada en una luca mas o menos, montada por un man con zapatos de clip de gamba, jersey de gamba, casco de gamba y mascarilla de esas que en el municipio compraron con sobreprecio, las 3M carotas, en pleno centro histórico haciendo turismo cuarentenero.

Así no mas está la ciudad, por eso si no tiene que salir no lo haga, si lo va a hacer protéjase (aplica para un montón de casos), procure ser solidario, cómprele a la veci de la tienda, en el barrio no más, no vaya al super, ellos ya han lucrado mucho de esta pandemia, dinamicemos otras economías, las de la barriada, donde hoy no le fían, pero mañana sí.

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