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¿Se acuerdan?

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campanario de la iglesia antigua de Tumbaco (https://lucias2011.wordpress.com/)

Ese Tumbaco bacán de hace un par de décadas, quizás un poco más, cuando la acequia pasaba por la mitad del parque, que chévere era poner un barquito de papel en la esquina de la Eugenio Espejo y luego ver cuál llega más rápido a la esquina contraria.

Esas tardes de jugar en las “canchas del Padre” o salir a pasear en la bici por todas las calles de la parroquia y los más avezados que colocábamos un tarro de Tampico aplastado en la llanta posterior para que el brum brum vaya causando “estruendo” en las hasta entonces silenciosas calles tumbaqueñas.

Y esas salidas de la escuela, la Roberto, en las que antes de partir a casa era infaltable una cadena de electrocución en los postes de un basurero que estaba en el parque, justo frente a la puerta de la escuela, detrás del señor que vendió toda su vida allí los juguetitos, los tatuines, los barriletes o los tabacos de dulce, sin olvidar los laberintos de cartón que eran toda una proeza para los escueleros (los más porfiados los compraban de dos pisos) y los famosos canguiles con cebolla.

No había tantos carros, se podía caminar tranquilos por las “callejuelas” que tenían ese aire rural, pasabas por donde Don Vallejo, saludando duro duro, luego por los víveres Eduardito, más allá unas salchipapas con una mayonesa casera deliciosa, justo frente a La Espiguita.

Como en toda parroquia, las fiestas eran ese espacio para salir con la familia, a disfrutar de la feria, los huevitos chilenos, el algodón de azúcar, los pinchos y los más grandecitos un buen hervido con piquete mientras la banda de Tumbaco con el incansable timbalero y el platillero que no soltaba el tabaco de sus labios mientras les daba duro a esos platos.

La chamiza, esa inmensa loma de ramas secas que previamente una volqueta dejaba arrumado en la esquina de la Eugenio Espejo y Orellana y que en horas de la noche inundaba de un humo medio oloroso a eucalipto todo el parque y sus alrededores, lo ideal era esperar la quema del castillo que el prioste donaba para diversión de la parroquia entera y que daba vueltas hasta que saliera la imagen de la virgen patrona de Tumbaco.

La vaca loca y los chumaditos amenizaban la fiesta popular, y los pelados de la época que haciendo colecta o buscando las monedas caídas en el piso, juntábamos para ir a la “Tienda Rosita” me parece que se llamaba, donde vendían los chochos con tostado y un cuarto de limón, la que estaba en la misma vereda que el Mónaco, a comprar unos 5000 sucres de pólvora, sonajeros, silbadores, tronadores, volcanes, rosas chinas, ovnis y un pliego de diablillos con los cuales encendíamos todos esos petardos que asustaban a más de uno

Esa era la época de los buses de colores, el tiempo en que Tumbaco no se extendía más allá de algunas calles a la redonda del parque, donde ya medio alejado era irse al camal o la estación del tren donde los más rodados te contaban infinidad de historias tenebrosas, eróticas o divertidas que habían ocurrido en dicha estación.

Ya un poco más grandes a alquilar motonetas en la esquina de la Orellana y Gaspar de Carvajal o a los “Nintendos” de la calle Simón Bolívar, los que estaban pasando el Restaurante en Trebol, a unos pasos de la tienda del Licenciado Cabrera a quien luego tuve el gusto de tener como profe de mate, en la misma calle estaba Foto Ordoñez en cuyas ventanas encontrábamos muchas veces el rostro de más de un amigo que había sido fotografiado en algún desfile.

Recuerdo esa polvorienta calle de La Morita por la que bajábamos caminado de la UET en pata, con el Pancho, el Daniel, el Edison y algún que otro amigo más, nos tomaban unos 30 minutos en llegar hasta la interoceánica donde ya tomábamos el bus.

O las excursiones magistrales al Chiche, donde cazábamos tórtolas o cuturpillas y de ahí a caminar porque de la casa del Pancho no había buses, hoy ese sector es full aniñado, las calles ya no están polvorientas y muchas de las quintas que conocimos ahora son conjuntos, hasta las conocidas fábricas andan ya armando maletas para salir de esa zona altamente residencial.

Y como olvidar esas caminatas a Cununyacu, por Pacho Salas, pero cuando no había puente y se cruzaba esa quebradilla brincando sobre unas piedras, para salir a Las Fuentes, y después de caminar un poquito más llegar a ese chaquiñán por el que cortábamos camino para no dar la vuelta en lo que hoy es la Ruta Viva.

En fin, así era esta parroquia, cuando me fui a estudiar a Quito (no es que Tumbaco no lo sea, pero siempre lo llamamos así), nadie quería venir a mi casa porque era demasiado lejos, hoy está cerca a todo, hay todo, hay demasiada gente, mucho comercio en las calles, ya no hay las papas de Don Tany, la escuela de niñas ahora es mixta, la cancha del padre permanece cerrada, la iglesia vieja se quemó, la reconstruyeron y sigue siendo un albergue para infinidad de palomas que habitan sus remodelados tejados.

Las fiestas ya no son con chamiza, ni con castillo, ni con banda muchas veces, las calles ya no tienen ese aire rural, el ruido y la congestión vehicular se han tomado la parroquia entera, lugares muy alejados hoy se llenan de conjuntos residenciales, ya no pasa don Calvopiña con sus vaquitas por la esquina de las Madres de Calcuta, todo cambio es para bien según dicen, sin embargo, esa parroquia cálida y distante de la metrópoli, hace falta…

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